Amanece Santiago invernal

 

En la ciudad que amanece y el cielo oscuro que agoniza,

incontenibles, los rayos australes vuelan sobre el paisaje,

persiguen a muerte las últimas estrellas rezagadas.

 

Abstractos los ojos se pierden a lo lejos,

en las crestas entumecidas de la cordillera

y en la escarchada roca que alimenta el río.

 

Bajo el horizonte variable de aquel muro,

se levantan los habitantes del cemento,

hijos de las jornadas y de la polución contagiosa.

 

Sobre las cumbres definitivas,

resabios del frío boreal petrifican la lluvia.

Un gélido velo blanquea los prados,

destiñe pétalos de rosales.

Yo juego con el vaho de mi aliento,

disperso a mi paso las hojas muertas

y el rocío en la cara sorprende la mirada perdida

en sueños de alcoba clandestina,

despierta el corazón impaciente de besos.

 

Es mi antojo que pretende su aposento

y mi razón no conoce de más nada.

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