A media voz

 

En tus labios se esconde el rumor de las olas,

y el murmullo de tu cuerpo busca en secreto la brisa,

cuando vienes detrás de la primavera, a mi huerto,

silenciosa, pequeña, como una estrella fugaz,

salpicando de nuevos brotes este amor que te extraña.

 

Yo me cubro de pastizales para verte la más bella,

y acariciar tu aroma lejano con mi beso candoroso,

ávido de buscarte en la súbita noche sin lucero.

 

Voy a cruzar el valle de tu figura

con todos mis dedos como una bandada de pájaros

igual si pintara la luna con el brillo de estos jazmines.

 

Mi recuerdo te busca en lo más hondo del viento sur,

como una nota sumergida en el regazo de un violín.

 

Y quiero que vengas a la primera sed,

desesperada,  adormecida, a la estirpe de mis manos,

temblorosa como una gota de lluvia que cae a mi piel.

Amanece Santiago invernal

 

En la ciudad que amanece y el cielo oscuro que agoniza,

incontenibles, los rayos australes vuelan sobre el paisaje,

persiguen a muerte las últimas estrellas rezagadas.

 

Abstractos los ojos se pierden a lo lejos,

en las crestas entumecidas de la cordillera

y en la escarchada roca que alimenta el río.

 

Bajo el horizonte variable de aquel muro,

se levantan los habitantes del cemento,

hijos de las jornadas y de la polución contagiosa.

 

Sobre las cumbres definitivas,

resabios del frío boreal petrifican la lluvia.

Un gélido velo blanquea los prados,

destiñe pétalos de rosales.

Yo juego con el vaho de mi aliento,

disperso a mi paso las hojas muertas

y el rocío en la cara sorprende la mirada perdida

en sueños de alcoba clandestina,

despierta el corazón impaciente de besos.

 

Es mi antojo que pretende su aposento

y mi razón no conoce de más nada.

Nada de ti

…y un día que no recuerdo,

te llevas contigo la lluvia,
los soplos de nubes flotando en el tiempo.

Yo adoraba tus ojos húmedos de distancia
y me aferraba a ellos como la única balsa,
en un albedrío de ansiedades todos los días.

Las hojas muertas supieron de mi vagancia
buscándote entre las estrellas rotas.

Pregunté con insistencia al lucero errante:
¿Donde estarás ahora, mi luna apagada,
que mis años cansados te reclaman?

¿Recordarás mi nombre acaso
después de tanto acariciar el calendario?

El beso que me debes

 

Amor, que se derrite en lágrimas.

Ahí viene otra vez la pena celosa,

como larga espina de hielo,

en la desvelada noche,

a lo más vehemente de los sueños.

 

Cerrándose como un quejido,

extinguiéndose como una sombra.

Es tu beso secreto

recogido en su mortaja.

 

Viene con lastimero pánico,

hacia la arena nocturna,

a mi boca acantilada,

escondido como un susurro,

como manantial de tus labios,

dormido en una espiga,

en la antesala de tu vientre,

como un olvido en la almáciga tierra.

 

Breve como un eclipse,

rompiendo en tu indómita boca.

Un vendaval sobre mi cuerpo,

a veces quieto,

como una nave a la gira,

esperándote en Santiago.

 

Es tu beso infinito,

agua de vertiente sonora

que mis labios enfermizos desean.

Antes

¡Si me amas! Pregunté a las cuatro esquinas

y el eco respondió a falta de tus labios vivos.

 

Pero no quiero tu mirada extraña,

ni un amor de sueños fundido en la escarcha.

 

¿Me amas? Dímelo antes del canto de los grillos,

antes que la noche se encoja en un capullo,

o que otros besos no dejen recalar los tuyos.

 

¡Dime si me amas! Dímelo antes del silencio,

antes que los zorzales arrullen al lucero,

antes que tu aroma alcoholice mi sangre

o que la noche me ahogue en desvelos.

 

No quiero dormirme en la duda

cuando asome la luna nueva, por eso dímelo antes.

No esperes que la niebla borre las estrellas

o que te lo exijan este domingo las campanas.

 

No quiero esperar el sepelio de las hojas

cuando el próximo soplo las desgarre de las ramas,

quiero saberlo antes del llanto de las nubes,

antes de la canción de lluvia en mi ventana.

 

¡Ámame! Dímelo antes del perfume otoñal,

antes que vuelvan a derretirse las montañas,

antes de los gladiolos y los jazmines.

 

¡Que me amas! ¡Dime que me amas!

antes que en tu baúl se destiñan mis versos,

antes que mi piel se convierta en harapos,

antes que tus lágrimas por mi se vistan de luto.

 

Dímelo antes que mis huesos duerman desnudos.

Lloraré palabras

 

Hay en mi boca una palabra escondida
que busca bañarte toda de versos,
allí está, aún enmudecida esperando volar
a tus manos cerradas de improviso.

Esa palabra es como el trigo en las espigas
que espera a que despierten las vertientes,
después las lloraré a caudales todas las que te debo
y se multiplicarán en hogaza de inéditos cristales.

Algún día mi amor por ti se vestirá de armadura.
Derrumbaré el muro que levanté cuando de ti ya no hubo sombra,
entonces caminaré entre las espinas sin miedo,
desde el primer beso de octubre hasta tus ojos vacíos.

(A veces – como hoy – cuando la lluvia cae,
pregunto a los sueños si aún bailas conmigo,
o si dejaré de amarte, o si tan sólo hay para mi
una lágrima tuya que busque mis labios como antes,
pues una noche has girado como un cataclismo universal
y el lucero que ayer brillaba con tus besos,
triste entre las constelaciones ya no puede llorar más.
…más tu, sigues como una luna negra que no puedo hallar)

Por ahora, sigo amándote en el rio infinito,
con las pupilas clavadas en las últimas estrellas,
acariciado por el frío recuerdo de la mañana,
esperando a que las primeras brisas primaverales
hagan brotar los versos contenidos bajo la tierra.

El quiero

Una mañana de viñas y recuerdos rotos,
busco en tus ojos los míos como dos acertijos,
como dos pardas gotas clavadas en mis sueños.

¿Serás garza o paloma? un enigma en Arauco,
más aquí están mis primeros versos para ti. Mis pecados.
Aquí mis manos, mis miedos y mis cruces a cuestas.

Yo nada más soy, ni poeta ni Tenorio,
más un singular Quijote que gana el pan con su oficio,
nada más que un trágico Montesco en busca de Julieta.

Presiento en tu copa roja mis besos,
imagino en tus labios caldo de majuelos
saciando mi sed de fragancias esquivas.

Quiero beber de este vino, quiero probar de tu aroma
en cada soplo que traen los rosales esta primavera
como mascarones de parras de proa al viento.

Quiero abrazarte tanto a lo largo de los aromos,
anclar en tu cintura por cada surco que deja el arado
buscarte en la noche entre los envejecidos robles.
Quiero escoger entre todas las rosas, esta.
Padecer entre espinas y enredaderas hasta el martirio,
como ave entre la zarza, y por fin,  llorar como niño.

 

Un clável en pena

 
Eras como la greda morena,
endurecida en el temporal de la vida,
y en mi se injerta tu pétalo remoto
de un fresco color que la era había extraviado.

 

Viene la semilla de tus ojos
a hundirse en mi surco torrente,
como el soplo rezagado de un nuevo beso,
a la herida abierta en el vientre
de mis labios que te esperan.

 

Sobre los risos de la noche,
navegan las infinitas guirnaldas
que evocan los días que me faltarás.

 

Hacia la tarde que el vino acicala,
moldearán mis manos alfareras
en un sólo racimo tu arcilla fresca,
y en mi boca,
estallarás hecha granos boreales.

 

Yo te invito a encontrarnos
tan hermosos como la antigua luna,
a buscarnos en la noche apagada
sin más calor que la piel árida de aliento:
pequeña, desnuda de olvidos, ligera de penas.

 

Allí quedará tu espiga
enterrada en mi último rincón,
suspendida, para despertar mañana
en un incierto soplo primaveral
en tanto,
yo le daré de beber de este amor triste
que nunca te olvida.